martes, 22 de mayo de 2012

Alquimia en Nitrato de Plata

Hace veintidós años, el nombre de Richard Stanley (Fish Hoek, 1966) comenzó a labrar su camino en el ambiente cinematográfico. La razón fue Hardware (1990), una película realizada con más pasión e imaginación que presupuesto, que logró un éxito más que modesto mientras anunciaba el inicio de una fructífera carrera gracias al temprano interés de Miramax para su distribución mundial.

Desgraciadamente, como suele suceder con esos éxitos tempranos que se encuentran con unos duros regentes de estudios que siempre piensan que saben qué están haciendo, la carrera del sudafricano quedó trunca a partir de su tercer largometraje, su soñada adaptación de The Island of Dr. Moreau, que ya sabemos, fue estrenada con más pena que gloria en 1996 y con John Frankenheimer como director. Desde ese momento, Richard Stanley no ha podido levantar un solo proyecto para largometraje, dedicándose mejor a facturar documentales, firmar guiones, hacer cameos y dirigir cortometrajes para cintas ómnibus... (para seguir la lectura, pasarle a la página de Morbido Fest).

Atentamente, el Duende Callejero...

martes, 1 de mayo de 2012

Crónica de un Blockbuster Anunciado

Ya escribí sobre esto, pero lo recuerdo: a finales de los ochenta, la industria del cómic se iba a la quiebra en Estados Unidos. Por ello, las entonces dos grandes compañías, DC y Marvel, dueñas según eso del 80% del mercado de cómic, optaron por rematar los derechos de sus personajes para lo que fuera: series animadas, líneas de juguetes, videojuegos, películas ¡Líneas de ropas! Lo que importaba era sobrevivir.

A la par, nuevas y pujantes compañías comenzaron figurar en mercados internacionales: Dark Horse Comics (1986), Image Comics (1992)...

Por ello, en aquellos años se alcanzaron a ver cintas como: Captain America (1990) de Albert Pyun, The Punisher (1989) de Mark Goldblatt, The Increible Hulk Returns (1988) de Nicholas Coreas y Bill Bixby (revival de la serie de finales de los setenta y principios de los ochenta, que incluyó la participación de Eric Kramer como Thor), Howard the Duck (1986) de Willard Huyck, Nick Fury: Agent of Shield (1998) de Rod Hardy y The Fantastic Four (1994) de Oley Sassone. Todas de Marvel, realizadas con muy bajos presupuestos, con nula aceptación de crítica y público y sin ninguna relación que no fueran los personajes involucrados con su mitología publicada hasta ese momento. 

El problema fue que DC quizá tuviera películas como Superman IV: The Quest for Peace (1987) de Sidney J. Furie o Steel (1997) de Kenneth Johnson, pero también tuvo ese blockbuster llamado Batman (1989) de Tim Burton. Con eso, DC le gana a Marvel el reinado de las adaptaciones cinematográficas en toda la década de los noventa, que no serían otra cosa que secuelas de Batman.

Para colmo, hasta Dark Horse Comics se apuntó un éxito importante con The Mask (1994) de Chuck Russell.

Fue hasta el 2002 cuando las cosas lograron emparejarse gracias al estreno de Spider-Man (2002) de Sam Raimi. Claro, para esos años Joel Schumacher ya había realizado Batman & Robin (1997) y el anunciado reboot de Superman de Tim Burton era historia. También debemos contar el moderado éxito de X-Men (2000) de Bryan Singer, primer cineasta en emparentar al mundo real con el de los superhéroes de forma consistente, arriesgándose en proponerla con tintes trágicos amparado, claro, con un discurso certero sobre la importancia de las minorías en las sociedades.

Por esos años, Marvel lo tuvo claro: o se renovaba o moría. Había sobrevivido a la crisis, pero las heridas habían cicatrizado muy mal. Por ello, en cómics, a partir del 2000 inició la línea Ultimate, reiniciando o, como dicen ellos, reimaginando cada una de sus mitologías. En cine, con una idea que se antojaba imposible: volver su famoso multiverso el trasfondo de una serie cinematográfica que culminaría con la unión de todos sus personajes en una cinta que llevaría el nombre de The Avengers.

Por cierto, lo imposible de la idea era que en ese remate de los noventa, los derechos cinematográficos de muchos de sus personajes importantes estaban en manos de varias compañías. Algo en lo que DC sí le llevaba ventaja: todas sus películas han sido y serán de Warner, su subsidiaria (compañía que incluso tenía los derechos cinematográficos, cortesía de New Line Cinema, de un personaje de Marvel que había cosechado cierto éxito: Blade).

Habrá que agradecer el fracaso de Hulk (2003) de Ang Lee, el enorme (y personalmente inexplicable) éxito de Spider-Man 2 (2004) y X2 (2003), además del mal tino de Warner a la hora de hacer el reboot de Batman (Begins del 2005, de Christopher Nolan) fuera de su propio multiverso, para que la idea de Marvel comenzara a caminar en buena dirección.

Todo inicia, lo sabemos, en el 2008 con el estreno de Iron Man (de Jon Favreau), que pese a su competencia (The Dark Knight, exponencial secuela del Batman nolanesco), planta el primer peldaño del proyecto en menos de dos minutos: ese final post-créditos que nos presentaba no un mero anuncio para una secuela, sino que algo más grande se estaba cocinando. Todo con la presencia no del constante Agente Phil Coulson de Clark Gregg, sino con Samuel L. Jackson encarnando al Ultimate Nick Fury de los cómics, escupiéndole a la clave del éxito de la cinta, el Tony Stark de Robert Downey Jr., una línea sobre algo llamado: la iniciativa Avengers.

Ahí quedó claro: el rumor del multiverso convertido en serie cinematográfica se confirmaba. Y lo hacía estableciéndose en el polo opuesto de lo que Singer, Nolan y hasta Raimi habían realizado hasta entonces: fuera historias que, como diría el propio Downey Jr. sobre The Dark KnightDidn't get it, still can't tell you what happened in the movie... 

Marvel adoptaba a Billy Wilder como su santo patrón (sí, vine la primera de varias blasfemias): I have ten commandments, the first nine are thou shalt not bore and the tenth is thou shalt have right of final cut. Don't be too clever for an audience.

Es cierto, Marvel casi lo arruina con The Incredible Hulk (2008, de Louis Leterrier con Edward Norton en el papel principal) y con Iron Man 2 (2010). La primera apostó por esos dos adjetivos que afortunadamente han sido la única aportación de Nolan al reino de las adaptaciones cinematográficas de cómics: grit and dark, mientras que la segunda falla en reclamar su parte en el rompecabezas que está armándose, queriendo profundizar en la psique del Stark. Pero la productora logra desmarcarse de esos resbalones en sus dos más importantes cintas, ambas del 2011: Thor de Kenneth Branagh y Captain America: The First Avenger de Joe Johnston.

¿Qué Thor y Captain America están por encima de Iron Man, The Dark Knight y Spider-Man 2? ¡Más blasfemia! Pero, hey, claro que lo están. Las razones son sencillas: si hemos de comparar cintas, debemos de hacerlo bajo sus propias reglas. Las películas de cómics se comparan con las películas de cómics, debido a que forman parte de una tradición que ciertamente se sustenta en sus propias mitologías. Las reglas bajo las que se van a evaluar ya están dadas en esos materiales impresos que, cierto, quizá como simple espectador cinematográfico se desconozcan, pero no por ello dejarán de existir.

El capítulo de Thor (Chris Hemsworth) era importante, pues para que el plan de Marvel resultara, necesitaban justificar el contexto místico del multiverso. La idea de Asgard, Odin como el Padre de Todo (Anthony Hopkins), las fuentes de energía ilimitada y demás cosas, se necesitaba introducir formando una lógica interna, que es lograda por Branagh y secundada por Johnston en la mejor cinta de Marvel hasta la fecha: la del Captain America (Chris Evans). En esa dupla se plantea el enemigo a vencer (el Loki de Tom Hiddleston, medio hermano de Thor) y el objeto del deseo-McGuffin (el tal Tesseract, cubo místico que el enemigo del Capitán América, el Red Skull de Hugo Weaving, busca para fortalecer su imperio de Hydra). Con ello, en las próximas entregas se podrán incluir tramas como la de Winter Soldier, The Mandarin o The Infinity Gauntlet (¿Vieron la escena final de The Avengers?).

De hecho deberíamos ver el éxito de las cintas Marvel como una forma de interesar a nuevos lectores de cómics. Sí, se equivocan los que piensen que estas cintas buscan vender juguetes, cajitas felices o vasos. El trasfondo es que los cómics sigan vendiéndose, que esa industria siga presente aún con la crisis del papel que ya se está viviendo. Hay que reconocer que hubo toda una generación que permaneció ajena a los cómics, pero que gracias a X-Men (o a Wolverine), Iron Man o The Walking Dead están regresando a ellos. 

Temo decirlo, pero el Batman de Nolan podrá ser una película con malísimas escenas de acción y acartonadas tramas, pero con buenas actuaciones y algunas escenas que quitan el aliento. El punto es ¿Qué aporta a la mitología del héroe que no conociéramos los que tenemos años de ser sus lectores? Y la respuesta, además de ser nada (ni siquiera volver al propio personaje cinematográfico de Batman/Bruce Wayne de Christian Bale interesante, pues están mejor presentados el Alfred de Michael Caine - que bien podría ser el verdadero Batman -, el Lucius Fox de Morgan Freeman o el Jim Gordon de Gary Oldman), se complemente con un tétrico: ni lectores ¿O se venden más cómics de Batman luego de esas cintas? En eso, lo siento, pero Burton y Favreau le ganaron.

Y para el que no quiera creerlo (aunque pueden revisar las estadísticas por aquí), la prueba la tiene Jeff Robinov, ejecutivo de Warner, que aún antes que Nolan gritara: It's a wrap! de su The Dark Knight Rises (a estrenarse a finales del verano, para el que le importe), anunciaba que planea ya su reboot y que no tendrá nada que ver con la celebrada trilogía que ya culmina (pero que se ampara planteando la posibilidad de que Nolan sea su productor, como sucederá con el Superman que prepara-o-arruina Zack Snyder para el año entrante).

Marvel está a la cabeza de las ventas desde hace años, luego vienen las compañías independientes y hasta un tercer o cuarto puesto está DC (con todo y su nuevo logotipo y la idea de hacer su propia línea Ultimate, llamada The New 52).

Además, el camino de las adaptaciones ha sido corregido. Por ejemplo, los fallos en las adaptaciones cinematográficas de Raimi sobre Spider-Man. Cierto, quizá esas cintas recrearon viñetas de los cómics, pero de ahí a que me quieran vender la idea de que ese que interpreta Toby Maguire es Peter Parker o que todos sus villanos deben, a fuerza, tener algo que ver con la historia personal del joven científico y freelance de un periódico, lo siento pero no me lo trago. Además, esos Spider-Mans no forma parte del multiverso Marvel, por lo que quedan fuera de la ecuación (y que conste, la saga cinematográfica de X-Men sí se han emparentado de forma tímida con ese multiverso con la inclusión de S.H.I.E.L.D. en su última entrega, X-Men: First Class de Matthew Vaughn y se ha rumorado que el reboot de Spider-Man de Marc Webb también lo hace).

¿Es necesario todo lo anterior para escribir lo que opino sobre la recién estrenada The Avengers? Claro, pues de eso se trata esa película, nada más. Marvel lo ha logrado, ha mandado a su competencia a la lona cinematográficamente hablando. Además, el éxito viene con un plus: ¿Cómo serán las próximas adaptaciones de cómics: grit and dark o como lo está proponiendo Marvel?

La historia de la cinta The Avengers es sencilla: hay un malo, el dios del engaño, Loki (resentido por la figura de su medio hermano, Thor, autoproclamado guardián de la Tierra y otros mundos, y por venir de una raza que alguna vez fue dominante y temida en el universo, pero que ahora está al borde de la extinción: los Gigantes de Hielo de Jotunheim), que se alía con otro más malo, de momento anónimo, y con ejercito disponible, compuesto de una raza que solo sirve para la guerra: los Chitauri (ese malo anónimo bien podría ser Thanos o un Red Skull con poderes cósmicos), y quieren fregarse a la tierra. La razón de ambos no puede ser otra: el grande y poderoso domina al débil. Para eso juega el tal Tesseract, fuente de energía ilimitada, que según la mitología marvelita viene a ser el fuego entregado por Prometeo a la humanidad (y que, por cierto, su formula es legada por Howard Stark, interpretado por Dominic Cooper y por John Slattery, a su hijo Tony Stark por medio de una maqueta ¿Lo recuerdan?), y que además es capaz de abrir portales interdimensionales (¡Uy!).

El plan es recuperar el Tesseract y usarlo para traer a la tierra a una raza de guerreros, comandados por Loki. Luego dominar la tierra y a sus habitantes, pidiendo sumisión. El asunto es que hay alguien que está anticipando cada uno de esos actos: Nick Fury, agente de S.H.I.E.L.D., que entiende algo que dijo el Coronel Chester Phillips (Tommy Lee Jones), al recordar a Patton: las guerras no se ganan con armas, sino con hombres.

Ahí es donde entran los tales Avengers, que mejor debían llamarse The Ultimates, los únicos, claro, que podrán hacerle frente a la invasión y detener a Loki, su ejercito y al malo detrás de él. Ya sabemos quiénes son ellos, pues cada uno ya ha tenido una o más películas que los exponen: Iron Man o Tony Stark, Capitán América o Steve Rogers, Thor, Bruce Banner o Hulk (ahora Mark Ruffalo) y Natasha Romanoff o Black Widow (Scarlett Johansson) y Clint Barton o Hawkeye (Jeremy Renner). También sabemos que ellos van a ganar, nunca tenemos duda de eso ¿Entonces dónde está lo interesante de la cinta?

Pues, como bien dirá el Diablo: en los detalles.

Solo por eso, Joss Whedon, director y guionista de la cinta, merece ya su lugar a la hora de hacer citas sobre las adaptaciones cinematográficas de cómics. Y la cita deberá estar al mismo nivel que los de Nolan, Donner, Burton o Raimi (¿No sienten que todo este asunto solo se mueve ronroneando esos apellidos?).


Y ya está. The Avengers es simplemente un blockbuster de verano de los que hace mucho no se hacían, realizado con pulso y con inteligencia.

La cinta no se detiene en cosas obvias, como profundizar en personajes o en subtramas que pretendan parecer ingeniosas. Bastan unas acciones y unos diálogos para entender qué mueve a cada uno de los personajes. Whedon no se mide a la hora de desplegar ni su humor y ni su desparpajo. Es una cinta basada en cómics, no un ensayo sobre la maldad que impera en el hombre parece decirnos cada tanto. Y lo más importante: incluye todo lo que un fanático de cómic quiere ver en el cine y hasta ahora no había visto. Esto es: peleas de escala superhumana (que quizá solo Guillermo del Toro en su Blade 2 había logrado antes), el Helicarrier en toda su gloria (algunos podrán quedarse con la boca abierta con el ya conocido puente de mando del Enterprise o con las monas sillas del Millenium Falcon, pero ¿Cuántas veces habían visto el centro de mando de S.H.I.E.L.D. con todo y su broma de: te dije que se quedarían con al boca abierta, cortesía de Nick Fury y de Steve Rogers, pagando su apuesta?), el Hulk como esa fuerza descomunal con decisión propia y no esa agridulce mole de músculos y gruñidos que hasta la fecha nos habían recetado o la torre Stark, futuro hogar de The Avengers...

Whedon es sincero: su película no es nada más que un divertimento en el que dos horas y media se van como mercurio ¿Pero es vacua? No, no lo es. Si uno se quiere ir por esos manidos senderos, veremos que ahí están todos esos elementos con los que se han cobijado las cintas de superhéroes en los últimos años: la naturaleza del mal, la corrupción en las altas esferas del poder, la dificultad de ponerse de acuerdo como sociedad y hasta esa ridiculez de: todo gran poder viene con una gran responsabilidad. Todo está ahí. La diferencia es que Whedon no se eterniza en esas cosas, remarcándolas hasta que nosotros, espectadores tontos, nos damos cuenta de lo que nos está diciendo (como sí lo hace Nolan). Basta esa charla entre Black Widow y Hawkeye en la enfermería, refiriéndose a pasados y presentes nada venturosos, o las discusiones de Nick Fury con el sombrío Consejo para darnos cuenta de cómo se tratan esos asuntos bajo la óptica de Whedon.

También tenemos esa última batalla en la siempre golpeada Nueva York, en la que veremos tumultuosas y masturbatorias escenas de destrucciones con coherencia (no al estilo Transformers: Dark of the Moon de Michael Bay, en la que de pronto un personaje se asoma, rescata a alguien y desaparece quince minutos inexplicablemente).

Pero ¿Es The Avengers la mejor cinta de superhéroes y bla bla bla? Mi respuesta es, no, esa es Unbreakable (2000) de M. Night Shyamalan. Es más, no la pondría ni en los primeros cinco lugares. Igual a la cinta no le importa: The Avengers es el blockbuster que merecía ser tras tanta anticipación por parte de Marvel. También esa buena nueva de que la industria del cómic seguirá viva muchos años más y creciendo.

Y no olvidemos algo, este año Marvel le ha pateado el trasero a DC en ese lugar donde durante tantos años lo humilló.

¿No lo creen? Va la muestra: primero, la increíble decisión de Warner por colgar el trailer de The Dark Knight Rises como antesala de The Avengers (¿Ser el abridor de tu enemigo juramentado?). Segundo, esa sorpresa de estrenarlo sin aviso previo en línea y cinco días antes de lo planeado en cines, sin mediar ya en la pertinencia del IMAX y justo a las horas de saberse los números que había logrado The Avengers en su temprano estreno mundial (ya pagó su costo, así que lo que venga con su estreno en Estados Unidos será ganancia).

No entender que el cine es un negocio en el que cosas como esas importan más que los porcentajes del Rotten Tomatoes, es seguir sin entender de qué se trata esto de la industria cinematográfica.

De mi parte de agradezco a Marvel y a Whedon el hacerme olvidar que tengo 36 años, que estoy en el buró de crédito, que tengo mucho trabajo pendiente, que apenas es primero y que ya se me acabó la quincena, así que hay que pensar de dónde saldrá para la gasolina y los gastos diarios. The Avengers me regresaron a esas tardes en las que no sabía que debía usar lentes pero que igual forzaba mi vista siguiendo atentamente las viñetas que contenían al Capitán América o a Hawkeye lanzando a sus compañeros a una nueva batalla, llevándose media ciudad de por medio.

Y para los que pueden presumir de jamás haber leído cómics, de no saber qué gracia tiene eso, pero que fueron a ver The Avengers. Si al final se sintieron divididos al no saber cómo reaccionar ante la euforia que quizá los embargara luego de tanto desmadre, pero a su vez una vocecita no ceja en decirles que han perdido dos horas y media de vida, aunque al final les valdrá madres eso y sonreirán, pues bueno, ahí está, ya saben qué se han perdido. Disfrútenlo.

Atentamente, el Duende Callejero... 

domingo, 1 de abril de 2012

May the Odds be Ever in your Favor!

Por encargo leí The Hunger Games de Suzanne Collins (Hartford, 1962) hace más o menos un año. Sigo recordando las palabras del que me hizo el encargo:
Deberías escribir sobre ella, es de 'esas historias' crueles y amargas que te gustan. Acá están colocándola en la mesa de novedades apenas. Es la primera de tres. Hazla mierda.
Hablábamos por Skype, por ello vi cómo simuló unas comillas al decir lo de: esas historias. Por alguna razón, cuando me recomiendan novelas o películas usando esas dos palabras suelo acabar más ofendido que si escuchara el informe anual de un promotor cultural. 

Como aquel gesto me pareció gracioso, accedí al encargo. Conveníamos un precio, una fecha y nos despedimos.

El libro llegó a las dos semanas. Lo leí en un fin (el encomendador compró la novela en Amazon y me la mandó junto con otros dos títulos, mi paga). Preparé el escrito en tres días y entiendo que la publicación salió uno o dos meses después. No cumplí con la encomienda, no la hice mierda. Simplemente repasé someramente qué me había parecido un desastre, qué odioso, qué redundante y qué logró convencerme. Porque, caray, sí hubo algunas cosas que me convencieron. Como hace más o menos un año The Hunger Games no era el fenómeno que hoy quieren vendernos, no recibí ningún comentario. Hoy, con la película ya estrenada y liderando la taquilla internacional, las cosas son diferentes. Sirva este escrito como una respuesta a todas esas dudas que me han estado llegado desde hace dos semanas.

No disfrute The Hunger Games. Releo las anotaciones que hice durante aquella única lectura e invoco el reciente recuerdo de la nefasta película y siento que mi opinión no ha cambiado desde aquel fin de semana en el que descubrí la nación de Panem.

Aunque habrá quién diga lo contrario, dudo mucho que esta trilogía siga los pasos de las sagas de Harry Potter o Twilight tanto en lo literario como en lo cinematográfico. La razón no tiene nada que ver con la aptitud de Collins como escritora. Comparándola con (J.K.) Rowling y con (Stephenie) Meyer, su superioridad es evidente. El problema es que hay muy poco por vender en esta saga. Pero bueno, démosle ese beneficio de la duda que tanto se mienta en ella (eso de: May the Odds be Ever in your Favor!) y reconozcamos su clara ventaja: comienza su andanada cinematográfica sin competencia. The Twilight Saga: Breaking Dawn Part Two, fin de la (perdóname Pablo, que no sé bien qué es lo que hago a veces) crepuscular historia de muchachitos lobo en esteroides y los chupa-sangres descafeinados está próxima a estrenarse. Y después, se acabó ese corrido. Solo quedaría ver cómo le va a The Host, pero eso ya será otro cantar.

Además, nunca habrá mejor agente literario que un blockbuster, recordemos bien eso. A ese, ni un político mojigato puede ganarle.

La primera anotación que leo es una pregunta, la transcribo ¿Qué ya nadie lee a William Golding? Entonces, recuerdo, escribí aquello con patoso orgullo. Hoy me sonroja. Emparentar The Hunger Games con Lord Of The Flies resulta tan ocioso como discutir sobre lo mejor en las propuestas de los actuales candidatos presidenciales. Acotemos: en la primera hay un intento de distopía, mientras que la segunda es un tratado de entropía.

Olvidemos al terror cósmico del que abreva el clásico de Golding, también de ese afinado estudio sobre el mal que justifica tan enigmático título. Fuera del acto de dejar armados y en completo descontrol a un grupo de casi niños en una selva, ajenos de la supervisión directa de un adulto ¿Qué otra cosa tienen en común?

The Hunger Games se acercaría más a esa idea ahora rebasada de la alguna vez llamada literatura de anticipación, pretendiendo convertirse en una alegoría al mostrarnos a qué podemos llegar si seguimos como nos estamos comportando, pero desperdiciando totalmente cualquiera de las posibilidades críticas con una justificación que se antoja lógica: su naturaleza de divertirmeto juvenil, que va patentando página a página y que no aspira a ser un clásico del género. Para The Hunger Games solo existe el primer lugar de listas de lo más vendido, luego su concernientes adaptaciones y al final, la desaparición del imaginario colectivo. 

Esa fidelidad a su naturaleza de producto para las masas fue de las cosas que le aplaudo.

La historia, decía, ocurre en un futuro imposible para cualquiera que no sea estadounidense. La nación de Panem, originada luego de un evento que acabó con todas (o toda) las naciones (o nación). 

En un principio, Panem estuvo conformada por 13 distritos gobernados por el Capitolio. 75 años antes de la historia que se relata en el primer libro, hubo un revuelta para combatir la hegemonía del Capitolio. A esa rebelión se le llamó The Dark Days. Como castigo y recordatorio, primero se destruyó el belicoso 13vo distrito, luego se instituyeron los tales Juegos del Hambre del título: una suerte de recreación del mito del coliseo romano en versión reality show, que a su vez recuerda un mito más antiguo y algo olvidado: el de Teseo y el Minotauro.

Como un acto de venganza por la muerte de su hijo Androgeo, Minos, rey de Creta, conquistó con su ejercito Megara, aislando completamente a Atenas y destinándola a una lenta muerte por enfermedad y hambre. 

Androgeo fue muerto por orden de Egeo, rey de Atenas, luego de que venciera a todos sus atletas en los juegos panatenienses

Desesperados por el claro exterminio en el que se encuentran, los atenienses invocan un pacto con el dolido y vengativo Minos, que consistió en un tributo anual de siete jóvenes y siete doncellas (uno por cada cambio lunar), para ser presentados ante el Minotauro, engendro producido por la unión de Pasífae, esposa de Minos, y un toro. 

El tributo anual acabaría si alguno de esos sacrificios logra matar al monstruo y logra escapar del laberinto en el que los encierran.

Los Juegos del Hambre sirven como esa balanza entre el snobismo y consumismo de los distritos más poderosos de Panem (que los ven como un espectáculo anual), y una muestra de dominación para los más pobres (que los ven como un escarmiento contra cualquier nueva idea de rebelión que pueda ocurrírseles). 

La selección de los tributos se da mediante la cosecha, una lotería que pasa por todos los distritos y que sortea el puesto de hombre y mujer entre todos aquellos menores de 18 años y mayores de 12. Como en los distritos más pobres el control de natalidad no es tan bueno como en los ricos (que, por cierto, al ver los Juegos no como un castigo sino como un orgullo, se han impuesto la costumbre de preparar desde pequeños a sus respectivos participantes, para dominar el número de ganadores), se ha decidido que en lugar de que sus nombres se sorteen una vez por año, se repitan en varias ocasiones en una misma cosecha, intensificando el drama.

La historia que relata Collins (en rigurosa primera persona), es la de Katniss Everdeen, energética muchacha de 16 años que desde la muerte de su padre se ha encargado de mantener a su familia (su madre y su hermana Primrose), mediante su destreza como cazadora. El día de la cosecha de su distrito, obviamente el más jodido de todos (el 12vo) para los 74vos Juegos del Hambre, su hermana de 12 años sale seleccionada. Así que Katniss se ofrece en su lugar. El gesto inmediatamente se vuelve famoso por venir de un integrante del distrito más pobre (¿y mezquino?). 

El tributo masculino es cumplido por Peeta Mellark, hijo del panadero, al que Katniss apenas y conoce, pero que un vez le regaló un pedazo de pan. 

El relato sigue con la llegada del par al Capitolio y los varios aprendizajes que la muchacha comenzará a adquirir no solo sobre los Juegos, sino sobre la política, sociedad y moda de Panem, así como los varios lenguajes del poder. Lo notable es que la heroína comienza a aprovechar cada cosa a su favor, guiada por varios personajes que la acompañarán en su maratónica preparación y sin que su moral sea un problema. Ella no viene en plan de sacrificio, viene a ganar los Juegos del Hambre (hora de aplaudir, vamos).

Pero, para cuando por fin inician los Juegos y los tributos son colocados en esa tecnificada arena selvática en la que ocurrirá la masacre a la vista de la nación entera, queda claro que Suzanne Collins quizá sea una buena narradora, pero es una pésima creadora de mundos y de intrigas.

Sin decidirse jamás a llevar a su público hacia ese arriesgado estado de perplejidad e incertidumbre que la buena ciencia ficción siempre entrega, la autora dobla la mano que sostiene su pluma y opta por lo cómodo y trillado, centrando en el corazón de su relato una historia romántica y juvenil: Katniss ha dejado un amor platónico en su distrito, Gale Hawthorne. Y este al parecer le corresponde. Pero descubre que su compañero en los Juegos, Peeta, está enamorada de ella y hasta lo confiesa ante toda la nación en una entrevista. Por sugerencia de todos los mayores que la están preparando, ella deberá seguirle el juego a Peeta, convencida que él dijo aquello solo para ganarse la atención de la audiencia, algo que ella también necesita. Y lo hace a sabiendas que Gale presenciará todo lo que suceda.

Esa historia eclipsará conscientemente cualquier intención de debate sobre el poder absoluto, la salvaje cultura del espectáculo en la que vivimos (y viviremos irremediablemente), o el reino de esas ruinas que serán nuestro futuro. Lo sabemos desde que ambos comienzan a aprovecharse de ella: los dos sobrevivirán los tales juegos y regresarán a su distrito, porque solo así puede darse el conflicto necesario para el triángulo amoroso. Lo único que nos falta es saber cómo le harán para lograr eso.

Por eso lo de intento de distopía. Pareciera que Collins le dijera al lector: cariño, si buscas ciencia ficción tú no perteneces a este lugar ¡Largo!

De no entender rápidamente que la novela toma como mero trámite ese pretendidamente irreverente mundo futuro, desperdiciaremos bilis. En efecto, si quisieran una crítica sobre la tal cultura del espectáculo, tan salvaje y odiosa en los últimos años, pues entonces deberán sumergirse de nueva cuenta en las correctas distopías: 1984 (novela de George Orwell, 1949; película de Michael Radford, 1984), Solar Lottery (Philip K. Dick, 1955), Logan's Run (novela de William F. Nolan & George Clayton Johnson, 1967; película de Michael Anderson, 1976), Death Race 2000 (Paul Bartel, 1975), Rollerball (Norman Jewison, 1975), The Running Man (de Richard Bachman -o bueno, Stephen King-, 1982; película de Paul Michael Glaser, 1987), The Handmaid's Tale (novela de Margaret Atwood, 1985; película de Volker Schlöndorff, 1990 - y que descaradamente Gary Ross, director de la adaptación, utilizó casi como storyboard-), Robocop (Paul Verhoeven, 1987), The Truman Show (Peter Weir, 1998), Strange Days (Kathryn Bigelow, 1995) o inclusive de las sobrevaloradas Batoru Rowaiaru (novela de Koushun Takami, 1999; película de Kinji Fukasaku, 2000) y Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michael Gondry, 2004).

Por eso dije y digo que The Hunger Games no deja a deber nada. Sigue la fórmula de esos éxitos de la literatura para jóvenes adultos. Los que se convierten en fenómeno

Vamos, tomen una pluma y escriban la nota ¿Quieren un éxito? Tomen y documéntense sobre algún subgénero de la ficción pulp. Puede ser sobre fantasía, sobre horror o ya sobre ciencia ficción. No importa el que escojan, a fin de cuentas lo usarán solamente como telón de fondo. Luego construyan un arquetípico personaje femenino que parezca una mezcla correcta entre Juana de Arco y Elizabeth Bennet. Luego uno masculino que amalgame muy bien a Fitzwilliam Darcy con Jim Hawkins. Luego metan, para el necesario triángulo, su Heatcliff en turno pero cuidando que no vaya a comerse el plato entero. De villano de fondo, algo parecido a John Long Silver y el Capitán Ahab. Se recomienda uno o dos patiños, así que recuerden siempre a Samwise Gamgee ¿Se apuntan?

Si la respuesta llega a ser sí, pues: May the Odds be Ever in your Favor! Puede que estén haciendo el nuevo éxito editorial que valdrá millones y será nacional, no importado. Y a lo mejor les va mejor que Sephyro: Ángel Caído de Arturo Anaya (primera parte de su trilogía en novela, 2008; película dirigida por él mismo estrenada hasta el 2010). Pero si su respuesta es no, despreocúpense. La trilogía de The Hunger Games apenas inicia su periplo cinematográfico. Nos quedan dos adaptaciones y afortunadamente no estamos ante una historia tipo The Inheritance Cycle de Christopher Paolini.

Bueno, desafortunadamente tampoco lo estamos ante una tipo His Dark Materials de Philip Pullman (cuyo primer tomo, The Golden Compass, fue masacrado cinematográficamente por Chris Weitz en el 2007) o Abarat de Clive Barker.

Bueno, creo que enviaré la liga de este escrito al que me pagó aquella colaboración. A lo mejor ahora sí pensará que cumplí con su encargo.

Atentamente, el Duende Callejero...

jueves, 22 de marzo de 2012

Ritual De Lo Habitual

No han pasado los cinco minutos reglamentarios, cuando ya nos damos cuenta de qué va la cosa: una toma fija nos mantiene atentos a un larguirucho laboratorista de blonda cabellera y prístina bata blanca. Este se mantiene atento a una faena completamente hermética. Francamente no tiene caso preguntarse de qué se trata, terminará la película y jamás lo sabremos. No, nadie nos dice que eso pasará, pero de todas formas lo sabemos. El encuadre es sublime, podemos ver gran parte del laboratorio sin problema alguno. El azul y rasgos de gris formulan ese imperio de la imagen dispuesta.

El laboratorista no es el único que está trabajando en el lugar. Al fondo, a nuestra izquierda y fuera de foco está una mujer también de bata blanca atareada en alguna otra tarea hermética. Mientras que a nuestra derecha, una puerta que se abre y entra una menuda joven de piel lechosa, pelo largo, rubio, suelto y andar despreocupado, que va vestida con más despreocupación que su andar.

La joven llega hasta donde está el laboratorista, se saludan afablemente. Viene el intercambio de un sobre y de varias hojas. En el sobre está su paga, le dice el laboratorista. En las hojas, su contrato. Ella lo firma, se sienta en un banco y sonríe. 

El laboratorista pasa a practicarle lo que parece ser una endoscopia. Pero no nos engañemos, aquello no es una endoscopia. El aparato que le introduce no es una cámara, más bien es un globo. Aún seguimos en la misma toma, así que la escena se vuelve incómoda. Mientras el laboratorista va metiéndole aquel aparato por la garganta, la joven batalla para respirar, se atraganta levemente y hasta parece arrepentirse. Sin embargo, el laboratorista no se inmuta. Es una estatua de mármol cumpliendo su hermética misión ¿Y por qué no habría de ser diferente? Aquella es una labor tan cotidiana para él que sin problema podríamos llamarla: su ritual de lo habitual.

Esa escena podría resumir no solo el inicio, sino también el desarrollo y hasta el final de Sleeping Beauty (2011, Australia), primer película de la novelista australiana Julia Leigh (1970, Sydney). Una película que, por el mundo en el que sin justificación nos sumerge, podría despistarnos lo suficiente como para tildarla de película erótica y de inmediato equipararla con obras como Histoire d'O (1975, Francia) de Just Jeackin, adaptación de la homónima novela de 1954 escrita por Pauline Réage; o quizá hasta con una versión descafeinada de Salò o giornate di Sodoma (1975, Italia) de Pier Paolo Pasolini, adaptación demasiado libre del infame libro del Marques de Sade. Incluso podríamos pensar, y ahora sí pecando de ingenuos, que estamos ante una revisión no madura sino libertina del popular cuento atribuido en Italia a Giambattista Basile (1634), en Francia a Charles Perrault (1697) y en Alemania a los hermanos Grimm (1812). Pero no, tampoco es así.

La idea proviene de dos fuentes claramente identificables. Dos novelas cortas: La Casa de las Bellas Durmientes de 1961, escrita por Yasunari Kawabata, y su ¿homenaje-saqueo? Memoria de mis Putas Tristes de Gabriel García Márquez, publicada en el 2004.

En ambas historias, hombres de avanzada edad y con dinero en sus bolsillos van a burdeles en el que les ofrecen virginales y anónimas mujeres dormidas por una droga también anónima, para que duerman toda una noche a su lado. La única regla es que no pueden ni tocarlas ni violarlas ni marcarlas, o habrá una pena severa.

Los personajes masculinos son el centro de ambas nouvelles. La de Kawabata sigue a un anciano llamado Eguchi, que luego de escuchar por mucho tiempo la historia del burdel que ofrece a las dormidas, decide por fin darse el lujo y visitarlo. La experiencia despierta en él una melancolía que lo hace enfrentarse con un pasado que creía olvidado. Un pasado en el que nada en estilo libre el recuerdo de una vieja amante a la que le perdió la pista.

García Márquez nunca ha escondido la influencia que le dejó la lectura de La Casa de las Bellas Durmientes. Para muestra, recordar que en su libro Doce Cuentos Peregrinos podemos encontrar El Avión de la Bella Durmiente, cuento en el que hace mención directa de la obra de Kawabata.

La historia del tal cuento peregrino relata el encuentro entre un señor maduro y una joven mujer que de inmediato capta su atención en la sala de espera. Para su suerte, la mujer ocupa el asiento vecino durante el vuelo. Solo que antes de que él decida intercambiar alguna palabra, ella se queda dormida. O quizá se haga la dormida. Y con ello, veta cualquier intención de acercamiento. Así dura todo el vuelo a pesar del turbulento viaje, dejando al narrador en un estado éxtasis que alcanza para darle cuerpo al relato.

Muchos años después vendría esas Memorias de mis Putas Tristes. Gratuitamente un polémico libro que repite en general la historia planteada por Kawabata, solamente cambiando cosas como el status social del personaje principal (no es un viejo adinerado, es solo un viejo periodista que en su 90 aniversario juntó algo de dinero para darse el lujo de meterse en el lecho de una durmiente), o que aquí sí transpire una historia de amor que no se mide en mostrar el patetismo al que puede llegar un hombre por querer conquistar la belleza con su último aliento.

Ambas han tenido su concerniente adaptación cinematográfica. Una estrenada, otra por estrenarse. La estrenada corresponde a la de Kawabata. Se llama: Das Haus der schlafenden Schönen y es de Vadim Glowna (Alemania, 2006). Más que una adaptación fiel del texto, se convierte en una reinterpretación de la idea que emana de ver a una bella mujer dormida en la llamada tercera edad: desde comulgar con ese Edipo que al parecer todos llevamos dentro, hasta dar cuenta de la mortalidad que uno suele desperdiciar sin pensar en el mañana con vicios comunes, como el cigarro o el buscar la riqueza. Todo empaquetado en cinco escenas que consumen 99 eternos minutos sin asomo de sonrojo con el espectador.

La de García Márquez es la que está por estrenarse. Y tomando como referencia las pasadas adaptaciones de sus obras, no se augura que el resultado sea bueno. También se llama Memorias de mis Putas Tristes y tiene la dirección de Henning Carlsen.

Pero bueno, en una entrevista ocurrida en su presentación en Cannes, Leigh confirmó que había leído ambas novelas y que de inmediato se preguntó quiénes eran esas mujeres que se prestan a ser drogadas y dejadas a merced de viejos de toda calaña durante toda una noche ¿Qué las motiva? ¿Por qué lo hacen? Entonces comenzó idear una historia que le respondiera a esas preguntas. El problema es que no pudo contestárselas, pero sí acabó debatiendo consigo misma asuntos como la mortalidad, la moral, el tiempo y la experiencia. No desde el punto de vista masculino, tan tendiente a lo material y lo visual. Sí a la visión femenina, llena de tantas cosas intangibles que solo de forma individual tendrían sentido.

Así fue como llegó al guión de Sleeping Beauty y así fue como brincó a la dirección de la cinta, teniendo obviamente a Luis Buñuel y su clásica Belle de Jour (Francia, 1967) como película de cabecera.

La muchacha que se presta al incómodo experimento descrito al inicio, se llama Lucy (Emily Browning). Estudia la universidad, le renta un cuarto a una pareja y trabaja de medio tiempo tanto en una oficina, sacando copias, que como mesera en un restaurante-bar. Algunas tardes va a cuidar a un hombre que aparentemente está enfermo, Birdmann (Ewen Leslie). Es adicta a varias drogas y cuando no se renta como conejillo de indias, se prostituye en un lujoso bar.

Un día, Lucy lee en un periódico una oferta de trabajo. Llama y a pesar de lo extraña que resulta la conversación, decide seguir adelante. Conoce a Clara (Rachel Blake), que primero la contrata para un exclusivo servicio platino en cenas con hombres adinerados.

Las reglas para ser contratadas son estrictas: como el servicio se hace con ropa interior, no debe tener tatuajes ni marcas que estropeen su cuerpo. Tampoco debe consumir drogas. Finalmente debe ser discreta y no hablar del trabajo con nadie. Ante la pregunta de que si sabe algo sobre el tal servicio platino, Lucy miente. También lo hace con sus adicciones y hasta con su nombre. Clara capta las mentiras en el acto, pero sabiendo que la belleza natural de la muchacha les traerá ganancias a ambas, las deja pasar no sin antes advertirle que lo mejor será que no se acostumbre a ese tipo de trabajo o vida, ni al dinero que comenzará a ganar. Que mejor lo use para algo inteligente, como pagarse la carrera o ahorrar un poco.  

Lucy, bautizada ahora como Sara, resulta una revelación en dicho trabajo, así que no tardan en ofrecerle el puesto de durmiente. Ella deberá dejarse llevar hasta una finca lejana, donde la drogarán para que duerma toda una noche mientras un hombre adinerado hace lo que quiere con ella. Las reglas para esos hombres son simples: no debe ni violarla ni maltratarla, todo lo demás está permitido.

Es en ese momento en el que obviamente la pregunta ¿pero por qué lo hace? salta. Y se irá repitiendo cada vez que su teléfono celular suene y ella deje lo que esté haciendo para ir con Clara y beber esa taza que la hará dormir profundamente, quedando a merced de esos viejos de chequera abultada, miembros flácidos y gustos nada refinados.

Desde el inicio está claro: Lucy no lo hace por dinero. En su primera paga, toma el billete de mayor denominación y lo quema. Y a pesar de su solvencia económica, nunca abona a su renta, por lo que pierde su cuarto ¿Será por curiosidad? Imposible decirlo. Desde el inicio ella dice que está dispuesta a todo y que no tiene problema con ello. Es Clara la que tiene que velar por su bienestar. Lucy hace todo de forma mecánica, como robot. De hecho, en el único lugar donde ella demuestra sentimientos es con Birdmann, ese que está al borde de la muerte.

¿Entonces será para sentirse viva? 

En el corazón de la cinta, el primer cliente que tiene Lucy como durmiente le relata a Clara la historia de The Thirtieth Year de Ingeborg Bachmann. En ella se discute precisamente la mortalidad y el deseo de hacer de la vida algo con sentido, a pesar de lo tarde que pueda llegarse a esa conclusión. Eso provoca que uno regrese al título de la cinta, mal traducido como La Bella Durmiente y que en todo caso debería ser Belleza Durmiente.

¿Se está hablando de la vida, que dejamos aletargada y de la cual abusamos sin dejar que se descubra a sí misma? ¿De su despertar ante esa falsa muerte a la que la condenamos en nuestra falsa idea de qué significa llevar una vida digna?

Ya conviene decirlo: como la labor del laboratorista con el que inicia la cinta, este cuento de la Alicia que baja por el agujero de la depravación, tiene un problema. Y es el mismo que se encuentra en esa inquietante primera escena: poco a poco comprenderemos que Lucy toma el lugar del laboratorista, convirtiéndose en esa estatua de mármol que nos introduce, en nuestro papel de espectadores, un aparato desconocido por nuestra garganta aprovechándose de que estamos absortos en esos bellos encuadres, en esa absorbente música, en esas marmoleas actuaciones.

Y por más mórbido que nos resulte todo, lo sabemos: aquello será resuelto de forma tan hermética que sin problema podríamos levantarnos a la mitad de la cinta e irnos. Cierto, nos llevaremos las imágenes y rumiemos su posible significado durante algún tiempo, pero no habrá nada que nos mantenga sentados hasta el final luego de esos cuarenta minutos más que reglamentarios, en los que ya salta la pregunta ¿Y en verdad nos importa todo eso que Lucy se deja hacer?

Luego de ella, no tiene caso preguntarse más. Sí, podemos apostarlo: terminará la película y jamás sabremos qué pasó.

Ah, maldito ritual de lo habitual.

Atentamente, el Duende Callejero... 

lunes, 19 de marzo de 2012

A British Film

En algún lugar de Inglaterra...

Han pasado ocho meses desde la última vez que Jay (Neil Maskell) realizó su último trabajo. Shel (MyAnna Buring), su joven esposa, se lo recuerda a gritos esa mañana. Para Sam (Harry Simpson), su pequeño hijo, esas peleas se han convertido en una molesta rutina que aguanta sin protestar. Mejor intentar seguir jugando con sus personajes de acción favoritos: el Rey Arturo y sus Caballeros de la Mesa Redonda

Como siempre, la razón de la pelea es el dinero. Varias cosas se han descompuesto en casa y plantarse a resolver el problema de los siete puentes de Königsberg resulta más simple y atractivo que llamar a un plomero. 

Aparentemente Jay abandonó su trabajo por stress. Se queja de un fuerte dolor de espalda que lo hace engullir pastillas contra el dolor como si fueran dulces. Y poco le importan los reclamos de Shel, emplearse sigue sin estar en sus prioridades.

Él solo necesita que reparen el jacuzzi, le urge aliviar su espalda. 

Jay, al que visiblemente ese trabajo al que renunció le dejaba muy buenas ganancias, se descubre como un fracaso en su papel de hombre de la casa. No sabe utilizar una sola herramienta y no sabe comprar en un supermercado.

Esa noche Shel invitó a cenar a un viejo amigo, Gal (Michael Smiley), y Jay fue incapaz de entender que necesitaba de una lista para traer los ingredientes necesarios para la cena. Lo peor fue que malgastó el presupuesto no solamente trayendo diez innecesarias botellas de vino y llenando la despensa con una pila de latas de atún que encontró en oferta, también comprando juguetes para su mimado hijo: unas espadas de goma con las que podrán recrear inocuamente duelos al estilo del Rey Arturo

Ya en la cena, Jay y Shel siguen con su batalla verbal involucrando ahora a Gal y a su pareja de esa noche, Fiona (Emma Fryer). Tanto Jay como Gal están en sus cuarenta y tantos años, pero se siguen comportando como si fueran adolescentes. Por su parte, Shel y Fiona, que están en sus tardíos veintes, se muestran completamente serenas y cerebrales.

En un momento de la noche, Gal tiene que intervenir para que la pareja anfitriona no lleguen a los puños y hasta le toca consolar a un muy asustado Sam

Entrada la noche, ya con más de la mitad de las ya no tan innecesarias botellas de vino vacías, comienzan las consabidas pláticas sobre el pasado en conjunto de esos dos hombres. Fuerzas especiales, entrenamiento de combate, misiones en países en conflicto. Fiona escucha todo aquello con emoción creciente, mientras que Shel lo hace sin esconder su modorra. Aquello es un mero trámite para lo que verdaderamente importa: que Gal logre convencer a Jay para que regrese a trabajar. 

Y sí, Gal logra convencer al malhumorado Jay. No tarda en pasar por él para ir a visitar a un anónimo cliente (Struan Rodger), que les ofrece una nada despreciable suma de libras por eliminar a tres personas. En efecto, Jay y Gal ahora son asesinos profesionales, y en efecto, sus servicios no son baratos. 

Solo que la lista del cliente no es muy clara: direcciones sin nombres de los objetivos, solo ¿apodos? el Sacerdote, el Librero ¿El MDP

El cliente les pregunta si tienen algún problema con el encargo. Los dos dicen que no. Entonces, el cliente saca un cuchillo y corta primero la palma de Jay y luego la suya. Con la sangre derramada es firmado el contrato y Gal casi le mete una bala en el cráneo al cliente por su atrevimiento. 

Hasta este punto, pareciera que uno ya sabe qué de qué va la cosa con Kill List (Inglaterra, 2011), segundo largometraje del también publicista y dibujante Ben Wheatley (Essex, 1972) ¿O no estamos viendo lo que parece ser un remake velado de la polémica cinta Srpski Film (A Serbian Film, de Srdjan Spasojevic, 2010)? 

Es fácil notar las similitudes: una dispar pareja de esposos, con hijo pequeño de por medio, tiene problemas económicos. El esposo, antes experto en su negocio (allá, actor porno; acá, miembro de un cuerpo elite del ejercito), dejó su trabajo y todo comenzó a ir mal. Por tal razón, regresa para un último encargo que le asegurará reactivar su cuenta bancaria (allá, una última película; acá, el asesinato de tres personas).

Pero ese trabajo resulta una pesadilla.

Y tan fácil como notar esas similitudes, se ven las diferencias. Desde el inicio, la cinta de Spasojevic se presta a deshilvanar una condensada diatriba política que, como ariete, arremete contra la crisis que se vive en su natal Serbia mediante esas ya infames escenas cargadas de shock value

Por su parte, la cinta de Wheatley, que también escribió el guión junto con Amy Jump, a pesar de rozar el tema de la presente Europa en crisis, de inmediato deja claro que su intención no es ponerse a adoctrinar, y mejor se decanta por un juego cinematográfico: Kill List son tres películas en una, y todas se van engullendo a sí mismas mientras la trama escala su truculencia. De tal forma que pasamos de un thriller de rigurosa precisión a un delirio que vomita sorpresas hasta en su último minuto de metraje, y que no se corta a la hora de referirse a una parte de la leyenda del Rey Arturo

Todo eso es capturado por una frenética cámara que, aunque cueste creerlo, se reserva el derecho de marearnos.

Claro, puede que los espectadores más avispados de inmediato adivinen cada uno de esos giros. Los tales objetivos parecen ser más un intento por sanear al mundo de esas personas a las que le queda el mote de escoria, que un mero asesinato de rutina.

Pero si vamos aprendiendo de ese mundo que Wheatley nos ha dispuesto, nada es lo que parece. Y por ello resulta tan delicioso como inquietante comprobar que en materia de cine de terror aún hay, como se dice: tela de donde cortar.

Sin que le importara el presupuesto, Wheatley ha presentado en pleno siglo XXI, una modesta cinta que sin problema podría tomar la estafeta de: Witchfinder General (Inglaterra, 1968) de Michael Reeves, The Devils (Inglaterra, 1971) de Ken Russell, Don't Look Now (Italia e Inglaterra, 1973) de Nicolas Roeg o inclusive de The Wicker Man (Inglaterra, 1973) de Robin Hardy

En una entrevista a propósito de la promoción de su innecesario remake The Girl with the Dragon Tattoo (2011), David Fincher explicó que el ahora famoso tagline: Evil shall with evil be expelled, es en realidad un proverbio sueco que el actor Stellan Skargård le presentó. Desde que lo leí en el trailer, pensé que le quedaba grande. A fin de cuentas, The Girl with the Dragon Tattoo trata de dos personajes que, a pesar de su recalcitrantes ornamentas son unos rectos paradigmas liberales a prueba de todo, luchan por la justicia en un mundo lleno de hombres que no aman a las mujeres

La idea de que mal con mal se combate, ilustra de mejor forma ese enrarecido ambiente que rodea la tan notable Kill List.

Y que vengan más sorpresas como esta, por favor. 

Atentamente, el Duende Callejero...