Ya escribí sobre
esto, pero lo recuerdo: a finales de los ochenta, la industria del cómic se iba a la quiebra en
Estados Unidos. Por ello, las entonces dos grandes compañías,
DC y
Marvel, dueñas según eso del 80% del mercado de cómic, optaron por rematar los derechos de sus personajes para lo que fuera: series animadas, líneas de juguetes, videojuegos, películas ¡Líneas de ropas! Lo que importaba era sobrevivir.
A la par, nuevas y pujantes compañías comenzaron figurar en mercados internacionales:
Dark Horse Comics (1986),
Image Comics (1992)...
Por ello, en aquellos años se alcanzaron a ver cintas como:
Captain America (1990) de
Albert Pyun,
The Punisher (1989) de
Mark Goldblatt,
The Increible Hulk Returns (1988) de
Nicholas Coreas y
Bill Bixby (
revival de la serie de finales de los setenta y principios de los ochenta, que incluyó la participación de
Eric Kramer como
Thor),
Howard the Duck (1986) de
Willard Huyck,
Nick Fury: Agent of Shield (1998) de
Rod Hardy y
The Fantastic Four (1994) de
Oley Sassone. Todas de
Marvel, realizadas con muy bajos presupuestos, con nula aceptación de crítica y público y sin ninguna relación que no fueran los personajes involucrados con su mitología publicada hasta ese momento.
El problema fue que DC quizá tuviera películas como Superman IV: The Quest for Peace (1987) de Sidney J. Furie o Steel (1997) de Kenneth Johnson, pero también tuvo ese blockbuster llamado Batman (1989) de Tim Burton. Con eso, DC le gana a Marvel el reinado de las adaptaciones cinematográficas en toda la década de los noventa, que no serían otra cosa que secuelas de Batman.
Para colmo, hasta Dark Horse Comics se apuntó un éxito importante con The Mask (1994) de Chuck Russell.
Fue hasta el 2002 cuando las cosas lograron emparejarse gracias al estreno de Spider-Man (2002) de Sam Raimi. Claro, para esos años Joel Schumacher ya había realizado Batman & Robin (1997) y el anunciado reboot de Superman de Tim Burton era historia. También debemos contar el moderado éxito de X-Men (2000) de Bryan Singer, primer cineasta en emparentar al mundo real con el de los superhéroes de forma consistente, arriesgándose en proponerla con tintes trágicos amparado, claro, con un discurso certero sobre la importancia de las minorías en las sociedades.
Por esos años, Marvel lo tuvo claro: o se renovaba o moría. Había sobrevivido a la crisis, pero las heridas habían cicatrizado muy mal. Por ello, en cómics, a partir del 2000 inició la línea Ultimate, reiniciando o, como dicen ellos, reimaginando cada una de sus mitologías. En cine, con una idea que se antojaba imposible: volver su famoso multiverso el trasfondo de una serie cinematográfica que culminaría con la unión de todos sus personajes en una cinta que llevaría el nombre de The Avengers.
Por cierto, lo imposible de la idea era que en ese remate de los noventa, los derechos cinematográficos de muchos de sus personajes importantes estaban en manos de varias compañías. Algo en lo que DC sí le llevaba ventaja: todas sus películas han sido y serán de Warner, su subsidiaria (compañía que incluso tenía los derechos cinematográficos, cortesía de New Line Cinema, de un personaje de Marvel que había cosechado cierto éxito: Blade).
Habrá que agradecer el fracaso de Hulk (2003) de Ang Lee, el enorme (y personalmente inexplicable) éxito de Spider-Man 2 (2004) y X2 (2003), además del mal tino de Warner a la hora de hacer el reboot de Batman (Begins del 2005, de Christopher Nolan) fuera de su propio multiverso, para que la idea de Marvel comenzara a caminar en buena dirección.
Todo inicia, lo sabemos, en el 2008 con el estreno de Iron Man (de Jon Favreau), que pese a su competencia (The Dark Knight, exponencial secuela del Batman nolanesco), planta el primer peldaño del proyecto en menos de dos minutos: ese final post-créditos que nos presentaba no un mero anuncio para una secuela, sino que algo más grande se estaba cocinando. Todo con la presencia no del constante Agente Phil Coulson de Clark Gregg, sino con Samuel L. Jackson encarnando al Ultimate Nick Fury de los cómics, escupiéndole a la clave del éxito de la cinta, el Tony Stark de Robert Downey Jr., una línea sobre algo llamado: la iniciativa Avengers.
Ahí quedó claro: el rumor del
multiverso convertido en serie cinematográfica se confirmaba. Y lo hacía estableciéndose en el polo opuesto de lo que
Singer,
Nolan y hasta
Raimi habían realizado hasta entonces: fuera historias que, como diría el propio
Downey Jr. sobre
The Dark Knight:
Didn't get it, still can't tell you what happened in the movie...
Marvel adoptaba a Billy Wilder como su santo patrón (sí, vine la primera de varias blasfemias): I have ten commandments, the first nine are thou shalt not bore and the tenth is thou shalt have right of final cut. Don't be too clever for an audience.
Es cierto, Marvel casi lo arruina con The Incredible Hulk (2008, de Louis Leterrier con Edward Norton en el papel principal) y con Iron Man 2 (2010). La primera apostó por esos dos adjetivos que afortunadamente han sido la única aportación de Nolan al reino de las adaptaciones cinematográficas de cómics: grit and dark, mientras que la segunda falla en reclamar su parte en el rompecabezas que está armándose, queriendo profundizar en la psique del Stark. Pero la productora logra desmarcarse de esos resbalones en sus dos más importantes cintas, ambas del 2011: Thor de Kenneth Branagh y Captain America: The First Avenger de Joe Johnston.
¿Qué Thor y Captain America están por encima de Iron Man, The Dark Knight y Spider-Man 2? ¡Más blasfemia! Pero, hey, claro que lo están. Las razones son sencillas: si hemos de comparar cintas, debemos de hacerlo bajo sus propias reglas. Las películas de cómics se comparan con las películas de cómics, debido a que forman parte de una tradición que ciertamente se sustenta en sus propias mitologías. Las reglas bajo las que se van a evaluar ya están dadas en esos materiales impresos que, cierto, quizá como simple espectador cinematográfico se desconozcan, pero no por ello dejarán de existir.
El capítulo de Thor (Chris Hemsworth) era importante, pues para que el plan de Marvel resultara, necesitaban justificar el contexto místico del multiverso. La idea de Asgard, Odin como el Padre de Todo (Anthony Hopkins), las fuentes de energía ilimitada y demás cosas, se necesitaba introducir formando una lógica interna, que es lograda por Branagh y secundada por Johnston en la mejor cinta de Marvel hasta la fecha: la del Captain America (Chris Evans). En esa dupla se plantea el enemigo a vencer (el Loki de Tom Hiddleston, medio hermano de Thor) y el objeto del deseo-McGuffin (el tal Tesseract, cubo místico que el enemigo del Capitán América, el Red Skull de Hugo Weaving, busca para fortalecer su imperio de Hydra). Con ello, en las próximas entregas se podrán incluir tramas como la de Winter Soldier, The Mandarin o The Infinity Gauntlet (¿Vieron la escena final de The Avengers?).
De hecho deberíamos ver el éxito de las cintas Marvel como una forma de interesar a nuevos lectores de cómics. Sí, se equivocan los que piensen que estas cintas buscan vender juguetes, cajitas felices o vasos. El trasfondo es que los cómics sigan vendiéndose, que esa industria siga presente aún con la crisis del papel que ya se está viviendo. Hay que reconocer que hubo toda una generación que permaneció ajena a los cómics, pero que gracias a X-Men (o a Wolverine), Iron Man o The Walking Dead están regresando a ellos.
Temo decirlo, pero el Batman de Nolan podrá ser una película con malísimas escenas de acción y acartonadas tramas, pero con buenas actuaciones y algunas escenas que quitan el aliento. El punto es ¿Qué aporta a la mitología del héroe que no conociéramos los que tenemos años de ser sus lectores? Y la respuesta, además de ser nada (ni siquiera volver al propio personaje cinematográfico de Batman/Bruce Wayne de Christian Bale interesante, pues están mejor presentados el Alfred de Michael Caine - que bien podría ser el verdadero Batman -, el Lucius Fox de Morgan Freeman o el Jim Gordon de Gary Oldman), se complemente con un tétrico: ni lectores ¿O se venden más cómics de Batman luego de esas cintas? En eso, lo siento, pero Burton y Favreau le ganaron.
Y para el que no quiera creerlo (aunque pueden revisar las estadísticas por
aquí), la prueba la tiene
Jeff Robinov, ejecutivo de
Warner, que aún antes que
Nolan gritara:
It's a wrap! de su
The Dark Knight Rises (a estrenarse a finales del verano, para el que le importe), anunciaba que planea ya su
reboot y que no tendrá nada que ver con la celebrada trilogía que ya culmina (pero que se ampara planteando la posibilidad de que
Nolan sea su productor, como sucederá con el
Superman que
prepara-o-arruina Zack Snyder para el año entrante).
Marvel está a la cabeza de las ventas desde hace años, luego vienen las compañías independientes y hasta un tercer o cuarto puesto está
DC (con todo y su nuevo logotipo y la idea de hacer su propia línea
Ultimate, llamada
The New 52).
Además, el camino de las adaptaciones ha sido corregido. Por ejemplo, los fallos en las adaptaciones cinematográficas de Raimi sobre Spider-Man. Cierto, quizá esas cintas recrearon viñetas de los cómics, pero de ahí a que me quieran vender la idea de que ese que interpreta Toby Maguire es Peter Parker o que todos sus villanos deben, a fuerza, tener algo que ver con la historia personal del joven científico y freelance de un periódico, lo siento pero no me lo trago. Además, esos Spider-Mans no forma parte del multiverso Marvel, por lo que quedan fuera de la ecuación (y que conste, la saga cinematográfica de X-Men sí se han emparentado de forma tímida con ese multiverso con la inclusión de S.H.I.E.L.D. en su última entrega, X-Men: First Class de Matthew Vaughn y se ha rumorado que el reboot de Spider-Man de Marc Webb también lo hace).
¿Es necesario todo lo anterior para escribir lo que opino sobre la recién estrenada The Avengers? Claro, pues de eso se trata esa película, nada más. Marvel lo ha logrado, ha mandado a su competencia a la lona cinematográficamente hablando. Además, el éxito viene con un plus: ¿Cómo serán las próximas adaptaciones de cómics: grit and dark o como lo está proponiendo Marvel?
La historia de la cinta
The Avengers es sencilla: hay un malo, el
dios del engaño,
Loki (resentido por la figura de su medio hermano,
Thor, autoproclamado guardián de la
Tierra y otros mundos, y por venir de una raza que alguna vez fue dominante y temida en el universo, pero que ahora está al borde de la extinción: los
Gigantes de Hielo de
Jotunheim), que se alía con otro más malo, de momento anónimo, y con ejercito disponible, compuesto de una raza que solo sirve para la guerra: los
Chitauri (ese malo anónimo bien podría ser
Thanos o un
Red Skull con poderes cósmicos), y quieren
fregarse a la tierra. La razón de ambos no puede ser otra: el grande y poderoso domina al débil. Para eso juega el tal
Tesseract, fuente de energía ilimitada, que según la mitología
marvelita viene a ser el fuego entregado por
Prometeo a la humanidad (y que, por cierto, su
formula es
legada por
Howard Stark, interpretado por
Dominic Cooper y por
John Slattery, a su hijo
Tony Stark por medio de una maqueta ¿Lo recuerdan?), y que además es capaz de abrir portales
interdimensionales (¡Uy!).
El plan es recuperar el
Tesseract y usarlo para traer a la tierra a una raza de guerreros, comandados por
Loki. Luego dominar la tierra y a sus habitantes, pidiendo sumisión. El asunto es que hay alguien que está anticipando cada uno de esos actos:
Nick Fury, agente de
S.H.I.E.L.D., que entiende algo que dijo el
Coronel Chester Phillips (
Tommy Lee Jones), al recordar a
Patton:
las guerras no se ganan con armas, sino con hombres.
Ahí es donde entran los tales
Avengers, que mejor debían llamarse
The Ultimates, los únicos, claro, que podrán hacerle frente a la invasión y detener a
Loki, su ejercito y al malo detrás de él. Ya sabemos quiénes son ellos, pues cada uno ya ha tenido una o más películas que los exponen:
Iron Man o
Tony Stark,
Capitán América o
Steve Rogers,
Thor,
Bruce Banner o
Hulk (ahora
Mark Ruffalo) y
Natasha Romanoff o
Black Widow (
Scarlett Johansson) y
Clint Barton o
Hawkeye (
Jeremy Renner). También sabemos que ellos van a ganar, nunca tenemos duda de eso ¿Entonces dónde está lo interesante de la cinta?
Pues, como bien dirá el
Diablo:
en los detalles.
Solo por eso,
Joss Whedon, director y guionista de la cinta, merece ya su lugar a la hora de hacer citas sobre las adaptaciones cinematográficas de cómics. Y la cita deberá estar al mismo nivel que los de
Nolan,
Donner,
Burton o
Raimi (¿No sienten que todo este asunto solo se mueve ronroneando esos apellidos?).
Y ya está.
The Avengers es simplemente un
blockbuster de verano de los que hace mucho no se hacían, realizado con pulso y con inteligencia.
La cinta no se detiene en cosas obvias, como profundizar en personajes o en subtramas que pretendan parecer ingeniosas. Bastan unas acciones y unos diálogos para entender qué mueve a cada uno de los personajes.
Whedon no se mide a la hora de desplegar ni su humor y ni su desparpajo. Es una cinta basada en cómics, no un ensayo sobre la maldad que impera en el hombre parece decirnos cada tanto. Y lo más importante: incluye todo lo que un fanático de cómic quiere ver en el cine y hasta ahora no había visto. Esto es: peleas de escala
superhumana (que quizá solo
Guillermo del Toro en su
Blade 2 había logrado antes), el
Helicarrier en toda su gloria (algunos podrán quedarse con la boca abierta con el ya conocido puente de mando del
Enterprise o con las monas sillas del
Millenium Falcon, pero ¿Cuántas veces habían visto el centro de mando de
S.H.I.E.L.D. con todo y su broma de:
te dije que se quedarían con al boca abierta, cortesía de
Nick Fury y de
Steve Rogers, pagando su apuesta?), el
Hulk como esa fuerza descomunal con decisión propia y no esa agridulce mole de músculos y gruñidos que hasta la fecha nos habían recetado o la torre
Stark, futuro hogar de
The Avengers...
Whedon es sincero: su película no es nada más que un
divertimento en el que dos horas y media se van como mercurio ¿Pero es
vacua? No, no lo es. Si uno se quiere ir por esos manidos senderos, veremos que ahí están todos esos elementos con los que se han cobijado las cintas de superhéroes en los últimos años: la naturaleza del mal, la corrupción en las altas esferas del poder, la dificultad de ponerse de acuerdo como sociedad y hasta esa ridiculez de:
todo gran poder viene con una gran responsabilidad. Todo está ahí. La diferencia es que
Whedon no se eterniza en esas cosas, remarcándolas hasta que nosotros, espectadores tontos, nos damos cuenta de lo que nos está diciendo (como sí lo hace
Nolan). Basta esa charla entre
Black Widow y
Hawkeye en la enfermería, refiriéndose a pasados y presentes nada venturosos, o las discusiones de
Nick Fury con el sombrío
Consejo para darnos cuenta de cómo se tratan esos asuntos bajo la óptica de
Whedon.
También tenemos esa última batalla en la siempre golpeada
Nueva York, en la que veremos tumultuosas y masturbatorias escenas de destrucciones con coherencia (no al estilo
Transformers: Dark of the Moon de
Michael Bay, en la que de pronto un personaje se asoma, rescata a alguien y desaparece quince minutos inexplicablemente).
Pero ¿Es
The Avengers la mejor cinta de superhéroes y
bla bla bla? Mi respuesta es, no, esa es
Unbreakable (2000) de
M. Night Shyamalan. Es más, no la pondría ni en los primeros cinco lugares. Igual a la cinta no le importa:
The Avengers es el
blockbuster que merecía ser tras tanta anticipación por parte de
Marvel. También esa buena nueva de que la industria del cómic seguirá viva muchos años más y creciendo.
Y no olvidemos algo, este año
Marvel le ha pateado el trasero a
DC en ese lugar donde durante tantos años lo humilló.
¿No lo creen? Va la muestra: primero, la increíble decisión de
Warner por colgar el trailer de
The Dark Knight Rises como antesala de
The Avengers (¿Ser el
abridor de tu enemigo juramentado?). Segundo, esa
sorpresa de estrenarlo sin aviso previo en línea y cinco días antes de lo planeado en cines, sin mediar ya en la pertinencia del
IMAX y justo a las horas de saberse los números que había logrado
The Avengers en su temprano estreno mundial (ya pagó su costo, así que lo que venga con su estreno en
Estados Unidos será ganancia).
No entender que el cine es un negocio en el que cosas como esas importan más que los porcentajes del
Rotten Tomatoes, es seguir sin entender de qué se trata esto de la industria cinematográfica.
De mi parte de agradezco a
Marvel y a
Whedon el hacerme olvidar que tengo 36 años, que estoy en el buró de crédito, que tengo mucho trabajo pendiente, que apenas es primero y que ya se me acabó la quincena, así que hay que pensar de dónde saldrá para la gasolina y los gastos diarios.
The Avengers me regresaron a esas tardes en las que no sabía que debía usar lentes pero que igual forzaba mi vista siguiendo atentamente las viñetas que contenían al
Capitán América o a
Hawkeye lanzando a sus compañeros a una nueva batalla, llevándose media ciudad de por medio.
Y para los que pueden presumir de jamás haber leído cómics, de no saber qué gracia tiene eso, pero que fueron a ver
The Avengers. Si al final se sintieron divididos al no saber cómo reaccionar ante la euforia que quizá los embargara luego de tanto desmadre, pero a su vez una vocecita no ceja en decirles que han perdido dos horas y media de vida, aunque al final les valdrá madres eso y sonreirán, pues bueno, ahí está, ya saben qué se han perdido. Disfrútenlo.
Atentamente, el
Duende Callejero...